Nací en un hogar bastante típico en su estructura, diferente en la cultura, pero igual a los hogares que dibujan los niños en el jardín, un padre, una madre, en mi caso, dos hermanas, y cuando nací, había un nuevo perro, cuyo nombre era Ernest, como el escritor favorito de mi padre, un 'San Bernardo' bastante grande, lo suficiente para intimidar un bebé.
Mi primer recuerdo data de mis cinco años, estábamos en Hungría para esa época, a mi padre, que nunca gustó de Budapest, siempre que estuvimos allá hizo que viviéramos en la ciudad de Györ, ubicado en el condado de Györ-Moson-Sopron, en una casa que desde siempre fue nuestra, estaba cerca a la plaza Gutenberg, aunque es borroso, si recuerdo muy bien cuando mi madre, nos llevaba a mis hermanas y a mí dar un paseo por aquella plaza, el color del paisaje, sobretodo en verano, siempre sedujo mis ojos, y me pareció el lugar más apacible del mundo, en contraste con lo que supongo que en mi cabeza recordaba de Bogotá.
Solía jugar con Zsolt, el hijo del vecino de la casa de enfrente, ese día, el de mi primer recuerdo, me contaba mi madre que estaba yo estrenando un balón nuevo y salimos a jugar en el patio de la casa de él, durante el juego el balón cayó en el patio del vecino de Zsolt, mi amigo solía temerle a su vecino, decía que era un hombre extraño que vivía sumergido en papel, de ese modo, fui yo el elegido para ir a buscar aquel balón, cuando me asomé, vi su figura sumergida en su cuaderno, su lápiz escribía a la máxima velocidad que su mano le daba, pero notaba que su cabeza trabajaba a una velocidad mayor, en ese momento sólo veía su ceño fruncido, después fue que entendí que mostraba su estrés frente a la posibilidad que ese momento de inspiración se le escapara.
Pasé a su lado y recogí el balón, el no atinó a decir nada, sólo sonrió ligeramente, tal vez mis movimientos, mi mirada congelada en su ser sumergido de forma fascinante en un pedazo de papel que para mí era ese cuadernillo, le inspiraron algo más, algo nuevo, tal vez desatoré un vacío literario de esos que suelen atacarnos en los momentos de mejor inspiración, hoy pienso si realmente a mí me sonrió, o estaba sumergido en su texto que nunca notó mi presencia. Aun hoy puedo cerrar los ojos, y verlo, sentado, un cuaderno de hojas amarillas sobre su muslo. Su cabello llegaba a sus cejas, desordenado, unos ojos profundos pero tranquilos.
Luego tuve la oportunidad de verlo, iba con mi padre, y le comenté lo que había visto, aquel vecino era un buen amigo de mi padre, según me contó después, les gustaba mucho reunirse a hablar de literatura antigua, ese día mi padre me contó que aquel hombre era un escritor, y que estaba en la parte final de un libro que le había costado mucho tiempo y esfuerzo escribir, por eso era que estaba así de perdido en aquel trozo de papel.
Tenía algo así como 10 años y veía al cielo con cierta esperanza, la que muchos niños poseen, fue la edad en que por primera vez sentí deseos de expresar con palabras algo, no recuerdo ya su nombre, desde niño he tenido la mala costumbre de desapegarme fácil, a veces duro poco entusiasmado con alguien, y es por eso que también dudo cuando me piden precisar el destinatario de mis textos. Los únicos textos que puedo distinguir su destino, hoy día, son aquellos que iban dedicados a Ella, de resto, preciso la razón y explico la idea, pero el destino es ajeno a mi memoria.
Mis textos de niño no tuvieron nada impactante, la belleza en la niñez es simple, flores, nubes, mar, sólo el cielo es infinito, las metáforas son mas bien descripciones claras. Para la única persona que mis textos eran destacables era para mi Madre, María Nieto, la cual, gustaba de verme desempeñar cualquier arte, sin que ella lo fuera, sentía que eso me hacía un ser más conectado con sus sentimientos, sin imaginar que esa conexión te genera costra en el alma cuando te maltratan seguido, y que esa sensibilidad me hizo entender que quiere la gente, pero perdí mis intenciones en arriesgarme, así se volvieron mis relaciones interpersonales, después de Ella, mi corazón como mis letras soportaron hasta un punto, después de esa línea delgada, no me destaqué por ser la mejor pareja, sólo una más.
Aparte de las niñas, gustaba de leer, no leía lo suficiente, pero si más que el promedio, que de hecho, lee muy poco, por ende, mi pasión por la lectura, no era sino una pequeña mejora respecto al promedio. He de decir, que mi lectura, la de hoy, se la agradezco a mi Padre, Elíecer Grahamm, un ávido y gustoso lector, a diferencia mía, el es un monumento a la cultura, siempre que tengo alguna duda, él la responde con suprema veracidad y sucede que al buscar en cualquier libro, encuentras la respuesta como si el la estuviera leyendo o recitando del mismo libro, con la diferencia que el la entiende en cada parte, y te la puede explicar muy fácil.
Mi Padre, siempre abogaba por que fuese alguien calmado, él tendía a ser muy tolerante, y ante todo, muy respetuoso ya fuese de la indolencia o de la ignorancia, esta última, nunca recalcada por él. A diferencia mía, que suelo cometer el acto estúpido de enojarme con quien no sabe, desde que me fue otorgada la conciencia, me hice líder de esta actitud.
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