domingo, 17 de febrero de 2013

Capítulo 6. Editor

Tenía algo así como 23 años cuando Ella movió cielo y tierra para conseguirme una cita con el editor de la 'EF editores', el señor, poco accesible, resultó ser un gran amigo de uno de sus tíos, el cual, después de bastante insistencia de parte de Ella, y sin yo saberlo, consiguió que la llevara a un almuerzo con Héctor Negrette, el dichoso editor. Según me contara después el mismo Héctor, Ella se deshizo en halagos a mi obra de una forma magistral, me decía: "Nunca vi a alguien que vendiese mejor a un autor", y aunque nunca fue un amante ni admirador de mi obra, siempre me trató como a un hijo.

Era octubre, y acababa de volver de un corto viaje, llegué sin avisar a nadie, siempre he tenido momentos en los que me quiero desconectar de todo, a Ella le molestaba en el fondo esos arranques míos de soledad, yo lo sabía, aunque Ella nunca lo haya dicho, como solía hacer. Diría que ella es a la única persona a la que le puedo reconocer cualquier gesto que quiera ocultar, tristezas, alegrías, mentiras, las detectaba hasta en el tono de Su voz por teléfono, en la forma en que terminaba las frases, aún cuando dice algo que parece normal a toda vista, y si hoy lo sé, es porque cuando creía que estaba delirando en celos o inseguridad, el destino me permitió comprobar que realmente la había aprendido a conocer bastante bien.

Nos vimos de nuevo tres días después de haber vuelto, veía claramente en su rostro como quería estar molesta conmigo, pero a la vez, no se aguantaba las ganas de contarme algo que me haría muy feliz, sus ojos en su molestia brillaban y se abrían más y más, tan sólo su ceño forzosamente fruncido me demostraba que hubiese querido recogerme en el aeropuerto, llevarme a mi casa, hacerme un masaje y hacerme el amor después de contarme aquella gran noticia. Es curioso pero las buenas noticias o los momentos de felicidad, siempre me excitan, me excitan muchísimo y Ella lo sabía y aprovechaba bastante bien. Aún así, sabía que también le había molestado haber esperado para contarme, así que la invité a comer, decidí llevarla a un restaurante en La Macarena que me había recomendado una de mis hermanas, pedí vino antes de la comida, y brindé por verla, porque lo que más fácil me sacaba de mis momentos de tristeza eran mis ganas de escuchar su risa y de ver el gesto de sus ojos cuando estaba realmente alegre.

Cuando terminé de hacer mi brindis, ella no aguantó más, y me dijo: "Te conseguí una cita con Héctor Negrette, está interesado en conocer tu obra, y me dijo que si le gusta podrías comenzar con una participación en un libro de cuentos que 'EF' va a sacar a finales de año", todo en un sólo bocado, un chorro de agua directo a tu cabeza. Yo al principio no capte la idea, como pasa ante noticias muy buenas, como que tu cerebro se bloquea, y comienzas a comer a trozos aquel buen pedazo de felicidad. Cuando comencé a reaccionar, comenzaron las preguntas de rigor, "cómo así?", "cómo hablaste con él?", "cuéntamelo todo!", no sabía ni que preguntar, sólo pensaba que era una gran oportunidad, y es que para ser honesto, a mí sí me emocionaba aquella posibilidad de ser muy bueno en lo que sentía que mejor hacía, que millones de ojos sean seducidos por tus letras, a pesar de mi actitud y personalidad de ermitaño, no quería que mi obra fuera para pocos, no quería ser leído por un liviano grupo de sujetos que se creyeran dueños de la verdad intelectual y literaria.

El día de aquel almuerzo, en el que conocí por primera vez a Héctor, Ella lo saludo muy familiarmente, como si fuese un tío suyo más, Héctor iba acompañado de su esposa, la cual, era una mujer bastante imponente, llamaba la atención de todo el restaurante, sin ser la mujer más hermosa, o más grande de aquel sitio, pero algo así como su energía, te golpeaba de lejos, y sentías la necesidad de voltear a mirar, me miró, sonrió, y dijo: "te imaginaba distinto", esta frase de ella, casi me fulminó en un primer instante, pero al ver su sonrisa pícara, noté que me estaba probando, que aunque ella no decidía, si era un actor importante del negocio de su esposo y por eso había asistido también. El saludo de Héctor fue firme, fuerte, me generó confianza inmediatamente, pensé que si no le gustase mi obra, me lo diría de frente, no se inventaría cosas para eludirme, lo cual, también me dejó desenvolverme más tranquilamente.

Aquella descalificación realmente rompió el hielo, me ubicó donde debería estar, cuando, siendo un artista te van a contratar para difundirte, no te sientas a hacer negocios, sino a tener química, cuando es el arte el que importa, porque cuando importa el dinero que puedas ganar por hacer lo que te digan, dejas de ser aquello que estabas buscando. Por eso, mi emoción era abundante pero desconfiada, no sabía que me diría o pediría aquel editor que era admirado por muchos. Yo tenía claro a dónde no llegaría, pero la delgada línea entre un consejo para que mejores y una imposición para que vendas es imperceptible, menos frente a alguien que decide en parte sobre tu carrera. La química fue mejorando en la medida en la que la reunión avanzaba, y era buena porque no gustábamos de lo mismo, al contrario, discrepábamos mucho de lo que nos parecía bueno o malo, pero gustábamos totalmente de las razones por las cuales éramos seducidos cada uno por lo nuestro, y nos respetábamos eso.

Ella había hecho llegar a manos de Héctor algunos capítulos del libro 'Día de sueños', y también algunos textos sueltos que gustaba de escribir. Eso me sorprendió un poco, y no miento cuando digo que me hacía sentir lleno de alegría el saber como Ella se había movido por mí, cómo creía y materializaba su creencia que yo era muy bueno en esa labor. Mientras hablábamos de lo leído, sentí deseos hacia Ella, deseos que quemaban desde mi ombligo hasta mis rodillas, agitando ligeramente mi respiración.

- 'Siento que puede haber talento en tu imaginación y en la forma de retratarla... Decía Héctor, mientras mi mano tomaba por sorpresa Su rodilla, acariciaba la parte interna de su muslo, tomándola fuerte. - '... pero creo que en algunos apartes tu mente va más rápido que tu pluma y pierdes al lector incauto...' Proseguía y yo afirmaba con la cabeza, mi mano sentía el finalizar del encaje de sus medias pantalón, mientras mi muñeca era apresada por el terminar de su falda. - '.. diría que es un tema más de revisión, el artista joven a veces carece de esa autocrítica, y el viejo, no sale de ella en su afán de superarse...' Su falda cedía un poco, se arrugaba sobre el nacer de su pierna y mi dedo meñique sentía el borde de su ropa interior, toda mi mano podía percibir el calor que emanaba, la miré ligeramente y Ella tenía engatillada ligeramente esa sonrisa que me indicaba que estaba tan caliente como yo. Perdía sus palabras por momentos mientras mi imaginación recordaba el camino que ya había recorrido antes. - '... y coincido con mi personal de confianza, que también estuvo leyendo tus escritos, cuando decimos que serías un autor que vale la pena tener en nuestra editorial...' y mi meñique ya había abordado por debajo de su ropa interior, sentía aquella humedad sencilla que antecede a la tormenta, que en su caso, viene después de la calma.

Cuando mi mente volvió en sí, respondí diciendo: - 'Es en serio?', a lo que por primera vez escuche la risa que marcaría mis siguientes años de escritor, con su respuesta de siempre: 'Por supuesto... creo que nunca me dejará de sorprender tu desparpajo'. Mi sonrisa no cabía dentro de mi rostro, me despedí con un apretón regular de mi mano izquierda que es carente de fuerza, su esposa sólo sentenció ese almuerzo con: 'tendrás mucho ´éxito de la mano de mi esposo, es un gran hombre'.

Volvimos a mi apartamento y no tenía suficientes manos para tocarla y mantenerla pegada a mi cuerpo, para quitarle su ropa y besarla, para hundir mis dedos en su cabello, quería hacerle el amor tres veces en un mismo instante, quería sentirla en mi cuerpo en cada milímetro que pudiera sentir, la quería, la amaba, y ese día no sabía como demostrárselo, o lo hacía, pero yo era ambicioso, sin entender que el amor es humilde, y que ya ella se sentía cubierta por mí. Sus delicados labios me besaban todo el cuerpo, era un sencillo pacto o una traicionera maldición, sellábamos aquella noche el cuerpo del otro, no sé el de ella, pero el mío nunca volvió a responder igual a otro cuerpo.

Así comenzó mi profesión como un arte público, así entregué mi energía a alguien que no siempre la entendería del todo, porque no hay venda más inmanejable que la que el orgullo pone en nuestros ojos, por eso algunos prefieren estar con aquellos a quienes sienten inferiores, aunque sus corazones estén bajo el sello de otro, y tardaría tiempo en descubrir ese orgullo en mis ojos.

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