Creo que pocas veces en la vida tenemos la oportunidad de enfrentarnos aunque sea a la idea de lo que la muerte, o la inminencia a ella significa. Pero menos veces aún tenemos la oportunidad de encontrar un yo que no habíamos visto antes, de un yo inexistente, tal vez ni siquiera pensado, de un yo que nos pone a pensar, a analizar nuestra vida desde múltiples ángulos, un yo que puede deprimirte, llevarte a estadios que cuando los descubres, puedes entender y realizar en tu mente lo que hace tiempo era necesario en tu vida.
Para ese momento de mi vida, ya había publicado "Cartas", "El Ocaso del Héroe" y estaba trabajando en "Siete Historias", mi carrera ya tenía forma, mi vida adulta ya había empezado como se supone debe ser. Pasaban día tras día diferentes mujeres, algunas entraban en mi historia, otras simplemente seguían de largo, la cortina del placer estaba cubriendo mis ojos, impidiéndome visualizar el paisaje, pero en esos días sólo llegaba a pensar, para qué paisaje si lo estoy pasando muy bien?
Aún hoy, creo que nunca olvidaré su nombre, porque su nombre quedó fijo, como un punto de quiebre en mi vida, como una meta volante desde la que reinicié ciertos pasos, como un despertar, sin importar lo que decida, sea bueno o malo, no puedo disfrazarlo, es lo que es. Su nombre, era Ximena, nos conocimos en un concierto, y curiosamente los dos asistíamos solos a aquel evento en el que todo el mundo tenía alguien con quien compartir.
Ella se tropezó y evite que cayera, al mejor estilo de comedia romántica, de esas previsibles, donde el título de la misma ya predispone a suponer cual será el nudo, y que no importa cual sea el problema de la misma, algún acto romántico hará que terminen en un final feliz. Al salir del concierto, le invité unos tragos que accedió a tomar en las cercanías al lugar, hablamos de música y hablamos de libros, y mi interés fue creciendo. Guarde su número con escepticismo, porque ese día la fiesta, no podía continuar, para mí, fue extraña la forma en que decidió irse.
Nos vimos a la semana, esta vez fuimos a teatro y luego a bailar, tomamos un poco más de la cuenta y terminamos en mi apartamento siendo días antes de irme para la 'GranCasa', y fue así, que en medio de cajas y una cama de la cual sólo quedaba un colchón en el suelo, comenzamos a explorar el cuerpo del otro, nos olvidamos lentamente de la ropa, cada prenda tenía su rito, cada sensación ligera se hacía cada vez más fuerte, los labios lentos sobre la piel, sobre cualquier piel, cualquier parte del cuerpo del otro era un órgano sensible de excitación del ser.
No pensamos, solo hicimos, hay ritos silenciosos que buscan protegernos del resultado de nuestros actos, y mi razón estuvo embelesada en aquella excitación, sólo seguimos, sólo hicimos, más de una vez, excitados por todo aquello que nos producíamos, por las palabras bien dichas, por los sonidos bien escuchados, un cuerpo sobre el otro, los cuerpos sudando, los cuerpos actuando. Pasaron los meses en esta excitación y no sólo mi cuerpo, sino mi mente y mi corazón se volvieron más receptivos a su presencia, en el fondo de nuevo comencé a albergar una esperanza, una pequeña posibilidad no forzada de tener algo.
Pasaron los días con la novedad que da el gusto, no importa lo que pase, haces que suceda aunque no sea lo que necesitas, sin embargo, en estos días pasaron con novedades del destino, Ximena comenzó a comentarme que se había sentido mal, que su salud le estaba jugando una mala pasada, que al parecer tenía alguna enfermedad y que su doctor le había mandado a hacerse un examen de sangre porque notaba muy bajas sus defensas, yo no le presté mucha atención o digámoslo mejor, no le di gran trascendencia, siempre fui alguien que pensaba que los que me rodeaban no sufrirían, ni si quiera que morirían antes que yo. Pasó así el tiempo, y su salud simplemente se volvió una montaña rusa bastante extrema, con altas y bajas demasiado fuertes.
Los exámenes fueron largos en aquella espera que se volvía tediosa, y aunque fueron varios yo seguía pensando que sólo querían verificar que era una molestia transitoria. Cuando por fin hubo un resultado, al volver a mi casa de la lectura de sus exámenes, estaba distinta, su rostro palidecía por momentos, nos sentamos en el piso y me abrazo, ahí comenzó a llorar, sus lágrimas descontroladas me hacían pensar en que podría haber pasado, de repente, en medio de sus sollozos, comenzó a decirme:
- "Lo siento, lo siento mucho". la veía repetirlo y llorar...
- "Qué pasa? por qué lo sientes?". Y mi imaginación comenzaba a volar.
- "En serio, no quería dañarte". Y toda mi mente se conectaba a una idea.
- "Cuéntame lo que te dijeron". Tengo SIDA estaba en mi mente.
- "No sé, no sé porque tenía que pasar así". Tengo SIDA y me voy a morir. Seguía pensando.
- "Tranquilízate, ven y recuéstate". Me voy a morir, será pronto o cuánto más tendré que vivir?.
- "No, no puedo, simplemente no puedo". Cómo le digo a mi familia? cómo pudo acabar todo así?
- "Qué quieres, dime, necesitas algo?" Voy a morir, que otra cosa la podría afectar para decir eso?
- "En serio, perdóname, no creí que esto acabara así" Pero si tenemos SIDA, por qué terminar? Voy a morir de lo mismo de ella.
- "Bueno, yo decido eso, cuéntame" Suéltalo ya, di: "tienes SIDA, te vas a morir"
En ese mismo instante un tercer pensamiento iba rodeando los otros dos, y era el notar que la probabilidad de tener algo que me mataría me mantenía tan tranquilo, calmaba mis órganos, por qué sentir descanso ante esa posibilidad de estar muerto dentro de poco? Me sentía en paz, me sentía bien, y sólo quería escucharla diciéndolo. Sabía que habrían reproches, la gente diría que si es tan fácil cuidarse de algo así, por qué no hacerlo?
De pronto, se calmó sin motivo aparente y comenzó a hablar, me dijo que le habían descubierto una enfermedad rara, de la cual sólo se conocían dos casos en Estados Unidos, que teniendo en cuenta su patología, y como se estaba desenvolviendo todo, la universidad que estaba investigando la enfermedad le pagaría por ir y dejar examinar la situación, además de tener con ellos alta posibilidad de recuperarse, y ella, sin meditar un sólo segundo, inmediatamente había tomado la decisión de irse, y por eso se sentía mal y aunque la enfermedad no era contagiosa ni nada por el estilo, se disculpaba, por no comentarme o preguntarme, ante lo que pensé que mi respuesta sería, que se fuera.
Y así supe que no tenía nada, que yo era un egoísta, que sólo pensaba en mí, que nunca me detuve en ella, al pasar la tormenta, llegó la incómoda calma, esa calma que te da veinte vueltas en la cabeza, esa calma que te hace preguntarte muchas cosas. Por qué me sentí tranquilo? por qué en el fondo quiero morir? por qué esta idea me trajo paz? Normalmente el ser humano quiere vivir, quiere luchar, yo tan sólo pensé en lo peor, yo tan sólo me quise rendir, yo tan sólo estaba solo, no pensé en ella, no me preocupó su dolor, no me dolió su dolor, cuando eso pasa, sabes que a esa persona no la quieres.
Me propuse así encontrar un ideal por el cual luchar, una razón para mantenerme en pie, un motivo para que esa idea no pasara por mi cabeza, para que no insistiera en llenar mi vacío con gente que no lo llenaba, no quería vivir por inercia, y si no encontraba un motivo que me llenara, pues buscaría morir antes de ilusionar más al tiempo con una insatisfacción permanente.